Obvio es decir que la violencia es tan vieja como el hombre. Y que fue utilizada de todas las maneras y por todas las razones, valga la paradoja. Desde la piedra y el garrote hasta la bomba nuclear; desde los carros de guerra a los sofisticados tanques y aviones computarizados de hoy, los armamentos han acompañado y, en muchas ocasiones, determinado la historia de la llamada “humanidad”. Tanto es así que la existencia de fuerzas armadas ha llegado a ser, salvo para unos contadísimos países, algo tan natural como beber y comer. Sería una exageración atribuir el patrimonio y la causa del uso de la violencia a la presencia de organizaciones militares. Estas, en muchas oportunidades, han sido instrumentos de políticos y mercaderes, aunque otras veces algunos de sus miembros se hayan convertido en socios o amos y señores de la política y de los negocios, es decir, del poder. Sacerdotes, policías, patoteros, jueces, gobernantes, ladrones, violadores, asesinos, terroristas de Estado o del llano, padres, maestros, maridos, hermanos, hijos, el grandote del barrio y tantos otros civiles comunes hemos utilizado o consentido mayores y menores violencias en distintas circunstancias. O las hemos justificado por motivos ideológicos. En este planeta, la violencia es necesaria para concretar diversos negocios. Uno de los más grandes es precisamente la venta de armas. Quienes se dedican a este ramo necesitan guerras, enfrentamientos, disputas, conflictos; no les importa el motivo, puede ser territorial, ideológico, racial, político, económico, religioso. Es lo de menos. Cualquier causa es suficientemente “noble”. Y si no existe, la inventan. Otro ramo comercial que usa la violencia en gran escala y muy pocas veces con un sentido que trascienda el mero efecto, es el negocio del espectáculo. Tiros, golpes, granadas, balazos, bombardeos, artes marciales, cuchilladas, estrangulamientos, decapitaciones, violaciones, hemorragias, estallidos de órganos, torturas. Sería interminable la lista de brutalidades con que el “show business” nos “divierte” y entretiene, cada vez, con mayor sofisticación tecnológica. La violencia resulta un producto sumamente atractivo y vendedor. Y en ella también se sustentan actividades deportivas como el boxeo, el rugby, el fútbol americano, el australiano y el fútbol-fútbol, donde se la utiliza en forma desleal para destruir la destreza y la creatividad. El condicionamiento mental y emocional de la gente a través de la propaganda, la transmisión de supuestos valores y las falsas promesas representan un tipo de violencia tan nefasta como la física, lo mismo que tantas violencias sutiles que se ejercen entre las personas en diferentes ámbitos y tipos de relación.
La violencia es una manera de ser, un estilo de vida, una cultura. Nuestro país tiene brillantes antecedentes al respecto. Y desde hace varios años venimos sembrando, generosamente, injusticias de todo tipo: corrupción, impunidad, ejemplos nefastos de los dirigentes, mentira, hambre, desocupación, falta de futuro, de valores; en fin, un fértil campo para la germinación de violencia. El país que manda en el mundo es el que tiene mayor capacidad de violencia. Es el guapo del barrio mundial, el matón de la cuadra planetaria que, después de masacrar en Afganistán más inocentes que supuestos culpables para tomarse revancha de la gran mojada de oreja que le significó el injustificable y absolutamente repudiable atentado de septiembre de 2001, aprovecha la volada para amenazar con una “guerra preventiva” en territorios que, según comentan algunos especialistas, quizás le interesan más por motivos menos altruistas que la lucha contra el terrorismo y la defensa de la libertad, la paz y los derechos humanos. Ø