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Elecciones 2003 Imprimir E-Mail
Escrito por Walter Kaderabek   
domingo, 01 de diciembre de 2002

Síndrome del candidato mediocre
Declaran orgullosos ante la prensa, como si fuesen héroes criollos tras las invasiones inglesas de 1806 y 1807. Todo es solemnidad y grandilocuencia en sus palabras. Pretenden que sus discursos sean aplaudidos con devoción por una población cansada de querer creer y despertarse, después, a la realidad de la mentira y la traición. Aspiran a generar en la gente un entusiasmo festivo. Pasar a la historia como los primeros próceres del siglo XXI por haber encontrado, quizá. cierta estabilidad financiera o un arreglo “parche” con el Fondo Monetario Internacional. Incluso dicen ser conductores de un proyecto nacional y popular que goza de consenso entre empresarios, obreros, sindicatos, pobres, ricos y los enriquecidos que generan sospecha.
Son los candidatos a presidente de la Argentina, que participarán en las elecciones de 2003. Pero no están solos, claro. Se multiplican como langostas los asesores: hombres y mujeres serviciales que se empeñan en “manijear” a sus jefes, convenciéndolos de que el país sin su presencia en la Casa Rosada iría hacia el abismo.
Ahora bien: desde 1983 los sucesivos jefes de Estado que tuvimos se comportaron de la misma forma. En la etapa de campaña electoral se cansaron de decir que ellos tenían la solución para la nación y luego, una vez asumidos como presidentes argentinos, manifestaron que “la situación del país era mucho peor de lo que imaginaron” y el legado dejado por el gobierno anterior complicaba gravemente sus planes previos a la llegada al poder. Tal actitud no hace otra cosa que demostrar la mediocridad coincidente entre cada uno de los que juraron ante la Constitución. Un país como el nuestro necesita de hombres que se enfrenten a la tempestad, cualquiera sea la intensidad del desastre. ¿Se imaginan a Franklin Roosevelt, Napoleón, Churchill o Fidel Castro, pidiendo disculpas por sentirse desbordados por una crisis?
Es verdad que Argentina -y el bloque regional del MERCOSUR en su conjunto- requiere de un liderazgo que desarrolle una gestión prolongada (tal vez 10 o 15 años) con amplio apoyo de la población, aún con los errores que pudieran cometerse, porque las grandes obras sin un consenso mínimo no se hacen.
Antes, habrá que revisar nuestro concepto de democracia y crear (en el mayor y más amplio de los significados) un ámbito social donde los discursos enfrentados de “abrirse al mundo” y “vivir con lo nuestro” no obtengan margen alguno para distraernos o confundirnos.
Intensificar el comercio interno, priorizar la educación y la previsión social son los tres puntos esenciales a todo estadista de fines del siglo XX y comienzos de siglo XXI. Es evidente que no tuvimos ninguno de 1983 a 2003.
Es por eso que lo mejor sería que los candidatos 2003 entiendan y reconozcan la limitación natural de sus capacidades a la hora de darle un rumbo al país y a la región. Unos están atravesados por la corrupción y la entrega del patrimonio nacional a manos extranjeras, otros son incapaces de convencer sobre sus ideas (si es que las tienen) a sus propios colaboradores; los más, creen que para conducir un país de desarrollo latente o inconcluso alcanza con una administración prolija y una gestión decente, siguiendo modelos foráneos. Se equivocan. Es probable que la persona indicada (y quienes lo acompañarán en el futuro) no haya nacido aún o se encuentre terminando su educación general básica en algún colegio público de esos que nuestros dirigentes supieron descuidar. ¿Tan sólo será momento de prepararnos? Ojalá sea esa la verdadera magnitud de nuestra esperanza, que, por supuesto, es lo último que se pierde. Ø

 
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