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Casa Nicolaides no era la única funeraria de Miramar, pero si usted quería ser enterrado con clase, tenía que ir a morir allí. Tenían los mejores carros y los caballos más grandes y más negros. Mi papá jugaba a las cartas con el que le hacía el planchado ajedrezado sobre las ancas. Las épocas de más trabajo eran el otoño y la primavera, y las razones eran que en invierno ni la muerte andaba por las calles, y en verano, el aluvión de turistas minimizaba a los lugareños al punto de que sus muertes no eran noticia. Los Nicolaides eran varios hermanos de una familia a la usanza del siglo pasado, que tenía como ideal tener un hijo militar, otro cura y un tercero, político, para cubrir todos los vaivenes del poder. Los dos primeros casos estaban asegurados con un general, Ovidio, y con un obispo, Fermín, y ambos se metían en política, porque sabemos que en nuestro país ser político es un segundo trabajo muy bien pagado pero muy inestable. También Nicolás, comerciante de entierros, el único que no vivía en la capital, había sido concejal y candidato a Intendente por el Partido Nacional. Tenía un hijo mayor, atacado de parálisis infantil, que sólo movía sus piernas en una pileta de agua caliente construida en su casa, y dos hijas mellizas, bajitas, cabezonas, bravas, que estaban siempre juntas, muy arregladas, ya en la primaria, y que provocaban a todos los muchachos y los adultos de la ciudad con su desparpajo, su dinero y su impunidad. Las mellizas se desplazaban en el auto más lujoso de aquella época: un Kaiser Carabela -negro- de diseño curiosamente funebrero. Había pocos autos, y los más nuevos daban vueltas durante horas por las calles del centro. Los de los autos miraban a los peatones que “paseaban” hasta el bulevard de la playa ida y vuelta, ida y vuelta; y los caminantes miran a quienes se movían en cuatro ruedas ida y vuelta, ida y vuelta. Pero en aquellos aburridos fines de semana que duraban desde marzo hasta mediados de diciembre, pasaba algo extraordinario cuando oscurecía. En alguna calle alejada del centro, las mellizas “levantaban” a uno o dos muchachos y se los llevaban por el camino de la costa. Los elegidos del destino contaban después, momentos maravillosos de placer, tanto cuando eran uno o dos, o en muy raras ocasiones, tres. Hablaban de una casa quinta decorada para exaltar los sentidos, a las que los llevaban con los ojos vendados para evitar que la reconocieran. En temporada veraniega, los de Miramar podían olvidarse de las mellizas porque los agraciados eran siempre muchachos turistas. Pero en los inviernos -y éstos fueron varios, ya que las mellizas de adolescentes con pechitos pasaron a mujeres tetonas- la preocupación de los muchachos miramarenses era descifrar la clave para ser “levantado” los fines semana. Especulábamos con posibles esquinas claves, (la pinta no era problema, porque a varios feos les había tocado), con la ropa apropiada, asociábamos si alguno había sido nombrado en La Tribuna por jugar al fútbol o a la pelota paleta; otras investigaciones personales, casi secretas. Primero para evitar la competencia, y segundo, porque los que habían sido llevados al paraíso; después no largaban prenda, regresaban cambiados para siempre, no sé si más satisfechos, pero sí sé que más reservados. Para una Navidad los Nicolaides hicieron un gran fiesta y toda la ciudad se enteró porque andaban los guardaespaldas en autos Falcon, verdes, patrullando las calles. Ese verano desapareció un muchacho turista al principio, primeros días de Enero, y luego otro para mi cumpleaños, al final de Febrero. Yo conocía a uno que nos venía a comprar pan, y recuerdo haber notado cierto cambio en él, como si hubiera sido “elegido”. Entonces empecé a preguntar entre mis amigos si los “elegidos” se repetían en el mismo mes, porque de inmediato me surgió una sospecha. Me acuerdo que recibí muchas cargadas debido a que yo nunca había visto “la luz al final del túnel”. Ese mismo año desapareció un local en el mes de mayo. Entonces convencí al Beto y a Tomás para que me acompañaran a buscar la famosa quinta. Teníamos el problema que ninguno de los tres era un “levantado”. Estuvimos en dos que podían ser pero no nos animamos a entrar, estaban muy bien cerradas. En Julio desapareció otro muchacho. Después las mellizas se fueron a Europa y no pasó nada más hasta el invierno siguiente en que hubieron otros muchachos y muchachas desparecidos, pero en estos casos, sabíamos quiénes eran los responsables y por qué los hacían. Y entre el miedo y el dolor la gente olvidó o confundió todos los hechos que pasaron en nuestra ciudad. No hace mucho, en un viaje de negocios a la capital, me crucé con una melliza. No me reconoció o no quiso saludarme. La vi fea y muy arrugada, y, como antes, no pude distinguir cuál era. La seguí. Hice varias cuadras pensando qué podía hacerle, como castigarla por algo terrible que yo sentía en mis tripas que esa mujer había hecho. Entró a un bar donde la esperaba un hombre sentado a una mesa. Dejé que la bronca interna guiara mis pasos y no hice nada para detenerme. “Cuidado”, le dije al hombre, “esta mujer es una asesina”. Salí de inmediato sin esperar por la reacción. Recuerdo haber caminado mucho tiempo, recuerdo haberme olvidado de lo que estaba haciendo, y recuerdo que le pedía a la vida que la siguiera castigando, a ella y a su melliza, y viceversa, por si acaso. Ø
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