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“Vivir tranquilos, nunca más” Una sucesión de secuestros y asesinatos en los que nadie pudo mantenerse al margen, hicieron del año 2002 una pesadilla completa. Como si el saqueo realizado por los bancos y las corporaciones financieras locales y extranjeras no fuera suficiente, vimos al vecino sufrir tres robos en menos de diez días; al actor del momento padecer un secuestro y presenciamos (sin posibilidad alguna de esquivarlo) un tiroteo entre policías y delincuentes con final dramático. Podría resumirse así: un muerto en cada barrio. La particularidad de lo sucedido durante el año que concluyó, es que los sectores económicamente más poderosos no pudieron abstraerse de esta actualidad y advirtieron, después de largo tiempo, que viven tan inseguros -o más aún- que la clase media humilde y los millones de pobres diseminados en el territorio nacional. Contratando empresas de seguridad privada, custodia personal, etc., creyeron alcanzar el paraíso menemista del country, la oficina blindada, la autopista subordinada a un peaje antipopular y los benditos viajes a Miami, pero despertaron a la realidad de habitar un mismo país con los piqueteros, los desempleados nuevos (piqueteros del futuro), delincuentes extraordinariamente “profesionalizados” y menores volcados al robo y a las drogas (esto último, cocktail explosivo de lo imprevisible). Imposible aislarse totalmente. La década gobernada por el justicialismo (menemismo para quienes gusten) y los dos años posteriores de la “alianza” entre radicales y frepasistas, forjaron un escenario cuyas características son propias de un “estadista del mal” (como imagino que lo llamaría Bush en su criterio simplista de buenos y malos, con nosotros o contra nosotros). Vivimos sin insumos medicinales, sin un programa educativo y con un índice de delitos que asombra. Lo curioso es que el rumbo fijado por estos gobiernos fue aplaudido y venerado sostenidamente por los mismos organismos internacionales y países (llámese Grupo de los Ocho) que hoy deslindan sus responsabilidades sobre el tema. Ahora, los ricos de siempre, los nuevos ricos y los enriquecidos de dudoso origen, empiezan a sentir más cerca la inseguridad: cada mañana al salir de sus fortalezas, por la tarde cuando buscan a sus hijos del colegio o los ven irse a bailar a medianoche, al ingresar a un shopping, saben que son el objetivo de individuos dispuestos a exponerse y que, en muchos casos, cuentan con el respaldo de un sector corrupto de la policía. La sociedad argentina ha empezado a crear canales de unión entre los sectores de menores recursos. Mientras tanto, los propietarios de camionetas 4x4 (es el vehículo más susceptible de robo), viven ya como animales salvajes, huyendo o esperando ser devorados por la máquina depredadora del delito. Pareciera que asesinos y secuestradores aprendieron rápido la frase de Bin Laden y la trasladan al escenario argentino; pues los ricos, saben bien que “nunca más volverán a sentirse seguros” Ø
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