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LA DESINTEGRACION DE LA SOCIEDAD ARGENTINA Imprimir E-Mail
miércoles, 01 de enero de 2003
Por Grupo Plural de Reflexión: Prof. Adelma Molinari, Prof. Guillermo Vadillo, Pastor Salvador Dellutri, Lic. Rodolfo Gallo, Prof. Mirta Gorga
En los últimos años, los argentinos asistimos (y, en muchos casos, inclusive avalamos) a la destrucción del aparato productivo y a su reemplazo por la intermediación y la especulación.
Nacieron y se multiplicaron shoppings e hipermercados y creció un sector financiero que no estuvo al servicio de la producción, sino de las “operaciones” que fabrican ganancias de la nada.
Mientas tanto, desaparecían los puestos de trabajo de los obreros, como también los pequeños proyectos empresariales relacionados con la producción industrial o agropecuaria.
Entretanto, el campo y la industria se desangraban, vivíamos en una ficción de consumo, progreso y bienestar. Hubo pobreza y desnutrición, y la ignoramos casi todos, inclusive los medios que hoy la muestran a diario.
Desapareció la cultura del trabajo y apareció en su lugar, un pensamiento que creyó que (por el solo hecho de existir) de algún lugar surgiría lo necesario para subsistir. El esfuerzo y el sacrificio se extinguieron como valores, y los reemplazó el inmediatismo y el facilismo.
Vimos cómo se destruía una escuela pública, que fue modelo en la formación cultural de todos los sectores sociales. Lo que ayer constituyó una herramienta de promoción social, es hoy una red de asistencialismo social que ha dejado de lado el perfeccionamiento del hombre como objetivo fundamental de la educación.
Los dos pilares básicos de la integración social se desmoronaron: trabajo y educación, como también lo hicieron los valores que los sustentaban.
Un “todo vale” compatible con el nuevo paradigma, fue aceptado por la sociedad argentina.
Los sectores medios urbanos asistimos impávidos e indiferentes a la desaparición de las industrias y del trabajo industrial; a la total desvalorización del trabajo rural que resultó en la bancarrota de pequeños agricultores y ganaderos, para dejar lugar a grandes empresas. Mientras tanto, disfrutamos del consumo, de las baratijas que invadían las estanterías al amparo de la desregulación del mercado, de la posibilidad de veranear en el exterior, y de la eficiencia de los servicios que ofrecían los concesionarios de las privatizaciones. Obtuvimos una porción pequeña en el reparto del patrimonio y la riqueza de la nación, pero fue suficiente para obtener el beneplácito de muchos.
Todos asistimos a una reforma educativa que reemplazó a un sistema que, a pesar de muchas fallas, había facilitado el acceso a la cultura de todos los sectores sociales. No se le corrigieron los defectos, sino que se lo eliminó, y así se introdujo un modelo educativo que subordina los contenidos de la educación a la economía, a una demanda inmediata; y todo ello a pesar de la paradoja de que la economía no resulta capaz de absorber más que a una pequeña fracción de la fuerza de trabajo “competente” según sus propios términos.
Asistimos también a la corrupción de nuestra juventud por parte del “aparato del espectáculo”: boliches, música comercial, TV, alcohol, drogas y prostitución.
Pero la ficción y el encubrimiento no podían durar toda la vida. La fiesta concluyó.
Hoy nos enfrentamos a duros resultados. Existen claros indicadores de desintegración social: pérdida de los valores compartidos que permitieron la convivencia social y la esperanza de consolidar nuestra identidad; exclusión y pobreza extremas en un país de abundantes recursos; ausencia de seguridad jurídica, descrédito de toda la dirigencia política y de gran parte de las instituciones; vandalismo y violencia de todo tipo, resentimiento y desesperanza de muchos.
No hace falta que algún intelectual europeo afirme que la Argentina no existe como nación. Nos damos cuenta de ello. Hay argentinos conscientes de los males que nos aquejan. Por ello afirmamos que debemos refundar la nación. No podemos seguir desangrándonos. Es preciso que miremos hacia el futuro y, si pensamos que aún vale la pena, aunemos nuestros intereses particulares en pos del interés común de salvar a la patria, y aquéllos que no estén dispuestos a ello, deberán retirarse y dejar hacer a los que aún creemos firmemente que podemos reconstruir la nación. Ø
 
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