En el barrio Las Tres Cruces, nos sobraban potreros para jugar a la pelota. Los chicos éramos una bandada que se movía de un lado a otro, a veces corriendo enloquecida, a veces caminando aburrida. En invierno, o sea en época de escuela, nos veíamos menos. En verano, salían de las casas purretes como hongos. Lógicamente no todos estaban en la misma categoría. Las clases sociales, al menos entre los chicos de Las Tres Cruces, no eran por condición económica sino por habilidad futbolística, por tamaño corporal y por la voluntad de agarrarse a trompadas cuantas veces la realidad lo requiriera. También había subgrupos, y éstos prevalecían por la mayor cantidad de elementos destacados que lo integraran, siempre basados en los valores ya mencionados. Había cierta fidelidad pero nada era estable y en un solo verano se producían intercambios, deserciones y peleas internas que no permitían hablar de un dominio total ni por parte de Los Piojosos, de Los Rateros o de Los Miserias. Por mi parte fui siempre Piojoso porque vivía cerca del criadero de pollos, como lo era el Lito, quizá el más capo de todos.
Algunos, por enfermedad o defectos físicos, la pasaban solos y eran los que recibían las mayores cargadas. Por ejemplo, el rengo, el ciego y el enano tuvieron infancias muy duras. El Lito lo volvía loco al enano, éste no salía de la casa por días enteros. Ibamos a espiarlo y lo veíamos haciendo gimnasia con pesas de cemento o colgado de las vigas del techo. Una vez el Lito lo metió en un pozo, lo tapó con barro y le dejó sólo la cabeza afuera. Nadie se atrevió a sacarlo para después no ser llamado maricón, y así se quedó por horas hasta que sus mortificados padres lo salvaron. Otro día lo ató a la espalda de un perro. Por tantas, no llamaban la atención cuando lo colgaba de un árbol y algún vecino o sus padres lo libraban ya de noche.
Hubo otras que se esfuman en la memoria debido a los años y a que vivimos intensamente aquel tiempo salvaje.
Por suerte, la vida nos sacó del barrio y nos desparramó. Hace poco, y con motivo de la inauguración de un sistema de cloacas, el Intendente del partido hizo una gran promoción a su obra invitando celebridades y bandas de música. El señor Menéndez, que ahora es millonario, afirma que tuvo un comienzo muy humilde y que vivió un tiempo en El Tres Cruces pero yo no lo vi nunca por allí, ni tampoco otras personas a quienes le pregunté. Bueno, el asunto es que como lo anunciaron por televisión en todo el país, muchos de los ex-habitantes volvimos para la fiesta. También el Lito, que había hecho algunos años por robo a mano armada y que vivía con una mujer y cuatro chicos, sin una ocupación estable; y el enano, casado con una galleguita muy bajita con quien tenía dos hijos. Aclaremos que el enano no era enano, sino que había sido un chico menudito que después creció algo pero quedó apenas más alto que la galleguita. Juntos era dueños de una verdulería grande en Miramar, una linda casa y una quinta de fin de semana en donde cosechaban especias que vendían con su marca propia.
Entre discursos y música, nos hicieron subir al escenario a varios de los presentes como ejemplo de triunfadores en la vida. Dijeron un montón de mentiras, a mí, que estoy empleado en una mueblería me hicieron “fabricante de muebles” y al Lito lo hicieron “corredor de bolsa” y con esto está todo dicho. Nos presentaron, nos dimos la mano, el enano tuvo que dársela al Lito, y después nos bajaron. El señor Intendente y su comitiva rajó enseguida y la gente se repartió entre los puestos de comida, de tiro al blanco, de embocar con argollitas o de voltear muñequitos. De pronto escuchamos tiros detrás de un puesto de gaseosas. Yo corrí con otros a ver qué había pasado y encontramos al Lito en el suelo con seis tiros de revolver y el enano por ningún lado. Ø