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Los profetas de la paciencia de los otros |
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Escrito por Walter Kaderabek
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sábado, 01 de febrero de 2003 |
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Tanto la pobreza como la riqueza que ostentan las sociedades de fines de siglo XX e inicios de siglo XXI, son susceptibles de ser estudiadas y valoradas en la medida que puedan ser televisadas. Una característica propia de nuestra realidad enormemente invadida por la percepción audiovisual de las cosas. Como los empresarios capitalistas que apenas ven usuarios o consumidores donde además (y por sobre todas las cosas) hay ciudadanos. Es decir, sólo lo que alcanzamos a ver es lo que nos preocupa casi con exclusividad. El problema es que a veces, cuando lo vemos, ya el avance de la tendencia es muy grande. Y muy grave. En Argentina el INDEC publica (Enero de 2003) un informe en el que señala que en la actualidad los ingresos de los ricos superan 30 veces a los de los sectores más pobres. En 2002 el 10 % más rico de la población recibió el 38,8% de los ingresos totales. Mientras al 10% más pobre, le correspondió apenas el 1,3%. Retrotrayéndonos, esta situación interrumpida con leves mejoras y en breves períodos, se observa con claridad desde el programa económico que instaura la última dictadura cívico-militar de 1976, luego se acrecienta con la hiperinflación atravesada por el gobierno de Alfonsín y después con la consolidación recesiva de la convertibilidad desarrollada por la administración justicialista de Carlos Menem en la década del '90. Menem concluyó su mandato con una distribución del ingreso peor que la que había heredado de su antecesor radical. Pero luego, Fernando de la Rúa, superó dicha marca. En 2002 la brecha volvió a ensancharse. El problema de la distribución no es sólo de este rincón del planeta. Se observa también en Estados Unidos y en muchos países europeos. La diferencia con Argentina está dada por el piso del estado de bienestar que gozan los sectores de menores ingresos en esas naciones. Durante décadas, pero especialmente en la del '90, el discurso de “primero el crecimiento, luego la distribución”, sonó diariamente en la boca de oficialistas y opositores, liberales y progresistas, casi sin excepción. La particularidad de las naciones latinoamericanas es, que ya no se le pueden imponer modelos económicos e institucionales con tanta facilidad. Demasiados fracasos juntos. Las estadísticas en nuestro país no difieren mucho de lo que sucede con los vecinos regionales. El rumbo más acorde para desarrollar a éstos, nuestros países, parece no existir. De modo que habrá que crearlo, elaborando cada idea con un marco de referencia autóctona, aunque aparezcan ciertas similitudes circunstanciales con modelos europeos, asiáticos o norteamericanos. Argentina no busca socialismos abstractos o liberalismos mágicos, sino una solución argentina, desde su condición geopolítica e histórica de integrante del MERCOSUR. Hay hoy 20 millones de pobres y 8 millones de indigentes esperando oportunidades para vivir dignamente, para progresar. Se escucha otra vez en la boca de funcionarios y candidatos “primero el crecimiento, luego la distribución”. El discurso parece repetirse en febrero de 2003. Los actores políticos también. ¿Están los argentinos dispuestos a soportar de nuevo un rumbo económico y social en el que pierden muchos, ganan unos pocos y se enriquecen los mismos de siempre? Ø
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