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Democracia es una de las palabras más utilizadas en las charlas sobre política. Se extiende, además, a todas las actividades sociales que realizamos cuando se presenta la oportunidad de organizar un emprendimiento en conjunto con otros individuos. La palabra está sembrada en diarios, ensayos, libros y manuales varios. Es, al mismo tiempo, un término que puede ser simple, complejo, estrecho o ampliamente abarcativo según el criterio de quien lo introduzca al discurso. Si entendemos a la democracia como un sistema por el cual el pensamiento de la mayoría es acatado por las minorías, independientemente del grado de conveniencia particular que se tenga en cada asunto, obtendremos una forma de democracia que es la que generalmente se pretende llevar adelante. Algunas minorías podrán seguir pensando que una decisión aprobada por la mayoría no es correcta pero respetarán la resolución del conjunto. La reciente Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó por abrumadora mayoría, la resolución 57/11, titulada “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”. Dicha resolución fue aprobada por 173 votos a favor, es decir el 96.11% del total de Estados Miembros que ejercieron su voto. Sólo 3 países votaron en contra; ellos fueron EE.UU., Israel e Islas Marshall. En tanto que se abstuvieron Etiopía, Malawi, Uzbekistán y Nicaragua. Siguiendo nuestro criterio de democracia, tanto el Congreso estadounidense como la Casa Blanca, debierían acatar la posición mayoritaria de las Naciones Unidas para continuar el proceso democrático iniciado en la Asamblea. Sin embargo, la dirigencia -tanto republicanos como demócratas- parece poco dispuesta a concretar la iniciativa mayoritaria de la comunidad internacional. En Argentina, particularmente, la información relacionada con este tema sólo aparece en circunstancias de crisis diplomáticas como las de enero del 2001, entre los presidentes De La Rúa y Castro. Los medios de prensa, no tanto formadores de opinión pero sí constructores sutiles de una imagen de gobierno y gestión, miran hacia otro lado. Tal vez sucede de manera inconsciente (otras veces no, claro) como consecuencia lógica de la avalancha de información que nace y se distribuye desde sectores estrechamente ligados al establishment político de los Estados Unidos. El caso del bloqueo a Cuba es un ejemplo respecto de la intolerancia con que operan los funcionarios estadounidenses cuando no pueden obtener el control de un gobierno en este hemisferio. Es, por otra parte, una burla al trabajo paciente y esforzado de numerosos legisladores de estados (Arkansas, Mississippi, Lousiana, Missouri, etc.) que necesitan imperiosamente comerciar con la Isla para independizar su economía del subsidio estatal. Se calcula que el bloqueo les ha costado 3000 millones de dólares a los arroceros de EE.UU. Volviendo a nuestro tema: ¿es la democracia una forma de vida? ¿un sistema? ¿un proceso? Me inclino por la última opción. Justamente, el proceso democrático se ha interrumpido numerosas veces en el congreso de EE.UU., por ejemplo, entre septiembre y octubre del 2000, cuando el Comité de Reglas suspendió la iniciativa que había sido aprobada en la Cámara de Representantes, sobre la eliminación de los fondos del Departamento del Tesoro para aplicar las prohibiciones de ventas de medicinas y alimentos a Cuba. Lo hizo imponiendo documentos extraordinarios. No hubo repudio de los organismos internacionales por una actitud totalitaria en el mismo seno del Capitolio. Recuerdo las palabras de la congresista por Connecticut Rosa de Lauro: “Esto es una afrenta para todos y cada uno de los miembros de esta Cámara. Esto no toma en cuenta para nada lo que hemos hecho durante largos meses de trabajo. Sencillamente, en la oscuridad de la noche, a puertas cerradas, un reducido número de dirigentes republicanos se aparece con este documento” agregando: “esto no es una democracia”. En cuanto a la etimología de la palabra, democracia significa “gobierno del pueblo”. Ni más ni menos. Es decir, en ningún momento se especifica el modo para elegir un gobierno y el formato institucional necesario para concretarla. Lo que habitualmente suele ser un sobreentendido, es el espíritu del proceso democrático, que propende a buscar la manera más transparente y legítima de asignar autoridades y que luego éstas, lleven adelante las iniciativas de la población. Los parlamentos y sistemas institucionales (ej. el representativo, republicano y federal) persiguen un mejor desarrollo de dicho proceso. Hoy la dirigencia estadounidense parece burlarse de los miembros de la Asamblea General de Naciones Unidas, desestimando las resoluciones como las del fin del bloqueo a Cuba. Tiene una ventaja que exprime al máximo: su autoritarismo goza de buena salud, mucho consenso (entre ellos mismos) y muy poca prensa. Ø
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