Hace muchos veranos, cuando estaba en otro cuerpo y tenía otras razones, partí de Miramar a dedo rumbo al Norte, y este Norte era tan ubicuo como el de una brújula descargada. Era marzo, el mes que trae angustias existenciales a los que viven con turistas. Llevaba un bolso de cuero gastado que había sido de mi abuelo y un gabán marinero comprado en el puerto. En veinticuatro horas salí de la provincia de Buenos Aires, (les recuerdo que antes había menos autos pero cualquiera, viajando solo, levantaba a un joven en la ruta para conversar un rato, especialmente los camioneros), atravesé pronto Santa Fe, mas en Santiago del Estero me agarró la mufa. Tres noches pasé bajo las estrellas santiagueñas, las tres en estaciones de servicio. En la última, ya cerca de Tucumán, yo me estaba acomodando para dormir con cartones y diarios viejos cuando una sombra me saludó cortesmente y empezó también sus preparativos para pasar la noche. Me ofreció vino de una botella y algo para comer, pero le agradecí y rehusé. Según me dijo era pintor y era poeta y había tenido una casa y una familia hasta que se volvió loco. Así, tal cual, me lo dijo. Me contó muchas cosas de su vida, siempre preguntando si me estaba cansando y si prefería dormir. El se calló y se durmió antes que yo. Cuando desperté ya no estaba. De sus historias recuerdo esta:
En 1938, en Carunco, un pueblo santiagueño, unos vecinos escucharon gritar a una mujer en medio de la noche. Por la mañana, uno de ellos, por chismoso y no por denunciar a nadie ya que allí no era delito fajar a la legítima esposa, le contó al comisario que al Reinaldo Llaneras le había caído mal la cena. El comisario, que era amigo del Reinaldo, caminó un par de cuadras y golpeó la puerta. Se demoró en abrir el Reinaldo hasta que se asomó con cara de dormido. Pasaron a la cocina y encontraron a la Matilde apuñalada arriba de la mesa. El asombro y el horror cayeron parejos sobre los dos hombres. Para el comisario era el primer crimen de su carrera y no le venía fácil. Por un lado, su amigo, a quien creía incapaz de hacer algo malo a su mujer, y por el otro, un asesinato brutal con un solo sospechoso que -además- tenía manchas de sangre en sus manos y en sus ropas. Cuando se repuso le dijo a Reinaldo que se bañara y se cambiara de ropa y que fuera para la comisaría; mientras, él se encargaría de mandar al enfermero y de telegrafiar a los de la funeraria que eran de otro pueblo. Por la tarde ya se habían tomado docenas de pavas de mate y ambos llegado a la conclusión de que Reinaldo era sonámbulo y en sueños había acuchillado a su esposa.
Dos días después llegó el juez que vivía en una ciudad con obispo. Tomó declaraciones a más vecinos de los que la carpeta aconsejaba y el calor y el aburrimiento permitían. Todas las opiniones se habían solidificado en una sola y era que un buen hombre sonámbulo tuvo una horrible pesadilla. Dictó una sentencia que creyó apropiada para un pueblo donde no llegaba ni salía mucho, incluidos cuentos e ideas, y se llevó el inútil folio al juzgado. Reinaldo, que era pintor y plomero, podía seguir con su vida normal pero debía dormir en la comisaría hasta que hubiera evidencia de que estaba curado. Unos días después el comisario volvió tarde y encontró a su hija menor, que a veces iba a arreglarle el cuarto y a limpiarle la cocina, estrangulada con una soga y a Reinaldo profundamente dormido. Dos asesinatos en una generación era más de lo que la gente podía imaginar. El comisario estaba destrozado y el pobre Reinaldo, inconsolable, no se movía de la cama. El Juez vendría otra vez en dos días. Llegó con un ayudante y golpeó en la puerta de la comisaría, eran casi las diez de la mañana. Cosa extraña, el comisario abrió en piyama y con cara de recién despierto y esto los vieron varios vecinos interesados en los magnos acontecimientos. Adentro encontraron a Reinaldo con tres tiros en la cabeza. El señor Juez, que desde el segundo telegrama venía preparando una condena que quizá no iba a caer bien a todos, sintió cierto alivio con la escena. Los presentes, con la pesadumbre demasiado fresca, se mantuvieron silenciosos y extrañamente calmos mientras el ayudante escribió una apresurada acta. Era obviamente otro caso de sonambulismo aunque nadie mencionó esa palabra. De allí fueron al bar del hotel. El Juez pidió una botella de ginebra y en una corta meditación mientras observaba detalles en las paredes y el cielorraso que fue respetada por todos, dictó sentencia. Y hasta el día de hoy parece justa y ecuánime, condenó al comisario a dormir en la comisaría aunque era donde siempre dormía. Ø